UNIÓN CON CRISTO EN LA CONSAGRACIÓN
“Después hizo que trajeran el otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. Y lo degolló; y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha, y sobre el dedo pulgar de su pie derecho. Hizo acercarse luego los hijos de Aarón, y puso Moisés de la sangre sobre el lóbulo de sus orejas derechas, sobre los pulgares de sus manos derechas, y sobre los pulgares de sus pies derechos; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor.” Levítico 8: 22-24 “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 2No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12: 1,2
“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Juan 17:19
En este pasaje del capítulo ocho del libro de Levítico, es importante notar lo que aconteció en la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio. Se trajo el carnero de las consagraciones; Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del animal, que luego fue sacrificado y su sangre derramada. Enseguida tornó Moisés de la sangre y la aplicó sobre cada uno de ellos, en distintas partes de sus cuerpos.
Aquí tenemos los dos aspectos de la consagración. La sangre derramada es el lado de la muerte; la sangre aplicada, el de la vida. La sangre derramada representa la vida sacrificada, entregada, abandonada; pero en la sangre aplicada al hombre tenemos la vida impartida para obrar en él activa y poderosamente. Cuando esto se reconoce, se entiende lo que es la consagración y también lo que significa la imposición de las manos, o sea el acto de identificación con una vida entregada a la muerte. La sangre aplicada representa una nueva posición; quiere decir que ahora no hay nada de la vida propia del hombre, todo es de Dios pues vive por Él y para Él únicamente. Esto es la consagración.
El capítulo diecisiete del evangelio según San Juan, se conoce corno la oración sacerdotal del Señor Jesús. Allí está, avanzando hacia el altar, en la consagración de sí mismo por Sus hijos, a los que quiere llevar a la gloria para que vean Su gloria, y para que ellos también gocen de esa misma gloria. Aquí tenemos, sin duda, lo que representan Aarón y sus hijos. El Sumo Sacerdote se santifica (se consagra) a sí mismo, como dice, para que ellos también sean santificados (consagrados). El resto de la oración es una maravillosa exposición del significado espiritual de esta parte de Levítico, capítulo ocho. Por medio de estas pocas líneas procuraremos entenderlo mejor.
El hombre entero entra en el terreno de la consagración, en sus dos aspectos de muerte y vida; por un lado la vida entregada, abandonada, y por otro la vida, hallada, que continua, pero sobre una nueva base. Esto concierne al hombre entero representado por su oído, mano y pie. Es un mensaje sencillo y claro para nuestros corazones.
EL GOBIERNO DEL OIDO
Empezamos por el oído:
“…. y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón”
Esto simboliza que el Señor debe tener el gobierno supremo del oído, que debemos llegar al punto en que el oído está muerto a toda otra voz o influencia que quiera dominarnos, pero que está vivo para Dios y solamente para Él.
Está claro que, en cierto modo, el oído es lo que gobierna cada vida; no necesariamente el órgano exterior, sino la facultad de escuchar voz, de prestar oído a cualquier sugestión. Las sugestiones pueden venir de nuestro propio temperamento y de nuestra educación. Las cosas que nos inspiran en nuestra vida pueden ser nuestros deseos e inclinaciones naturales, las tendencias de nuestra constitución, ambiciones, aficiones e intereses profundamente arraigados en nosotros, sencillamente porque es así nuestra naturaleza. Escuchar esas voces es tener la vida gobernada por nuestros propios intereses. O tal vez sean otras cosas, como las sugestiones, deseos y ambiciones de otras personas para nosotros, la voz del mundo, la voz de los afectos humanos, el considerar lo que a otros agrada.
“Después hizo que trajeran el otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. Y lo degolló; y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha, y sobre el dedo pulgar de su pie derecho. Hizo acercarse luego los hijos de Aarón, y puso Moisés de la sangre sobre el lóbulo de sus orejas derechas, sobre los pulgares de sus manos derechas, y sobre los pulgares de sus pies derechos; y roció Moisés la sangre sobre el altar alrededor.” Levítico 8: 22-24 “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 2No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12: 1,2
“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Juan 17:19
En este pasaje del capítulo ocho del libro de Levítico, es importante notar lo que aconteció en la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio. Se trajo el carnero de las consagraciones; Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del animal, que luego fue sacrificado y su sangre derramada. Enseguida tornó Moisés de la sangre y la aplicó sobre cada uno de ellos, en distintas partes de sus cuerpos.
Aquí tenemos los dos aspectos de la consagración. La sangre derramada es el lado de la muerte; la sangre aplicada, el de la vida. La sangre derramada representa la vida sacrificada, entregada, abandonada; pero en la sangre aplicada al hombre tenemos la vida impartida para obrar en él activa y poderosamente. Cuando esto se reconoce, se entiende lo que es la consagración y también lo que significa la imposición de las manos, o sea el acto de identificación con una vida entregada a la muerte. La sangre aplicada representa una nueva posición; quiere decir que ahora no hay nada de la vida propia del hombre, todo es de Dios pues vive por Él y para Él únicamente. Esto es la consagración.
El capítulo diecisiete del evangelio según San Juan, se conoce corno la oración sacerdotal del Señor Jesús. Allí está, avanzando hacia el altar, en la consagración de sí mismo por Sus hijos, a los que quiere llevar a la gloria para que vean Su gloria, y para que ellos también gocen de esa misma gloria. Aquí tenemos, sin duda, lo que representan Aarón y sus hijos. El Sumo Sacerdote se santifica (se consagra) a sí mismo, como dice, para que ellos también sean santificados (consagrados). El resto de la oración es una maravillosa exposición del significado espiritual de esta parte de Levítico, capítulo ocho. Por medio de estas pocas líneas procuraremos entenderlo mejor.
El hombre entero entra en el terreno de la consagración, en sus dos aspectos de muerte y vida; por un lado la vida entregada, abandonada, y por otro la vida, hallada, que continua, pero sobre una nueva base. Esto concierne al hombre entero representado por su oído, mano y pie. Es un mensaje sencillo y claro para nuestros corazones.
EL GOBIERNO DEL OIDO
Empezamos por el oído:
“…. y tomó Moisés de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón”
Esto simboliza que el Señor debe tener el gobierno supremo del oído, que debemos llegar al punto en que el oído está muerto a toda otra voz o influencia que quiera dominarnos, pero que está vivo para Dios y solamente para Él.
Está claro que, en cierto modo, el oído es lo que gobierna cada vida; no necesariamente el órgano exterior, sino la facultad de escuchar voz, de prestar oído a cualquier sugestión. Las sugestiones pueden venir de nuestro propio temperamento y de nuestra educación. Las cosas que nos inspiran en nuestra vida pueden ser nuestros deseos e inclinaciones naturales, las tendencias de nuestra constitución, ambiciones, aficiones e intereses profundamente arraigados en nosotros, sencillamente porque es así nuestra naturaleza. Escuchar esas voces es tener la vida gobernada por nuestros propios intereses. O tal vez sean otras cosas, como las sugestiones, deseos y ambiciones de otras personas para nosotros, la voz del mundo, la voz de los afectos humanos, el considerar lo que a otros agrada.